El periodista Armando Trull habló de esas violentas raíces en un reportaje radiofónico que elaboró para National Public Radio (WAMU 88.5FM).

Todo comenzó el 23 de marzo de 1980 en la catedral de San Salvador. Oscar Romero , arzobispo de El Salvador, pronunció su homilia al pie de la catedral. Durante años, Romero había denunciado las desapariciones y muertes de campesinos, de sindicalistas obreros e incluso de sacerdotes a manos del estamento militar y sus escuadrones de la muerte. Pero aquel día de marzo se dirigió a los soldados y selló su destino.

Romero llamó hermanos a los soldados y les dijo que eran parte del pueblo. Les recordó que estaban matando a sus hermanos. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden que va contra a ley de Dios, dijo Romero, y les imploró, incluso les “ordenó” parar la represión.

Al día siguiente, Romero caía bajo las balas de un militar. Durante los siguientes 12 años, El Salvador se consumió bajo el llamado Conflicto Armado. Hubo 80.000 muertos, medio millón de desplazados, y al menos otro medio millón huyeron del país en un éxodo que todavía continúa hoy.

Armando Trull habló con Luis Romero —sin parentesco con el arzobispo asesinado— cuyo viaje de El Salvador a Estados Unidos y regreso a El Salvador como deportado pandillero comenzó en un camion militar.

Romero contó que tenía 13 años cuando fue reclutado por el ejército. “Me dieron un M16 y comenzaron a entrenarme”, dijo. Pero su familia dio con él, lo sacó del ejército y, con la ayuda de un coyote, lo enviaron a Estados Unidos en 1981.

Ese mismo año, el doctor Juan Romagoza se iniciaba en la medicina atendiendo a las víctimas de la brutalidad bélica. Un día, Romagoza y su equipo fueron atacados por el ejército en una aldea. “Nos ametrallaron delante de una iglesia y capturaron a los supervivientes”, contó Romagoza quien estuvo en prisión durante seis semanas.

Romagoza cuenta la tortura a la que fue sometido: lo electrocutaban, lo dejaban colgado durante ocho días, le rompieron los dedos de las manos y le hirieron de bala en un brazo para que no pudiera ejercer de cirujano nunca más.

La fortuna de contar con dos tíos en el ejército aseguraron la libertad de Romagoza y su familia lo sacó del país. A finales de los años 80, Romagoza llegaba a Washington, DC —una de las ciudades estadounidenses que se convirtió en santuario para los inmigrantes indocumentados salvadoreños. La adminisración Reagan no les ofrecía asilo politico porque eso significaba admitir que eran víctimas de abuso a sus derechos humanos perpetrado por un gobierno financiado por Estados Unidos. Romagoza se convirtió con el tiempo en un líder comunitario en DC donde fundó la primera clínica gratuita para servir a los inmigrantes y refugiados salvadoreños. Así nació La Clinica del Pueblo.

Cicatrices en Cinquera, maras, y el regreso de Romagoza

El cantón de Cinquera se encuentra a unas 30 millas de San Salvador, al pie de una colina. Cinquera fue destrozada durante la Guerra, hasta el punto de que todos sus habitantes huyeron, terminando en campos de refugiados en Honduras. Hoy los recuerdos de la Guerra se ven por todas partes. Están integrados en el paisaje local. Un helicóptero derribado durante el conflicto es la “escultura” de una placita, rodeada de ametralladoras. Todavía se ven AK-47s y otras armas utilizadas por la guerrilla. Los restos de una bomba sirven hoy de macetas para adornar de plantas un patio. La carcasa de una bomba sirve hoy de campana a la iglesia de Cinquera. La campana original fue robada durante la guerra. Tanto las bombas como el helicóptero son de fabricación estadounidense.