Washington, EEUU.- América Guardado y Mildred Muhammad son dos mujeres carismáticas, sonrientes, de mirada profunda y serena. La primera es salvadoreña y la segunda estadounidense pero tienen dos aspectos en común: son sobrevivientes de violencia y abuso doméstico por parte de sus parejas y hoy trabajan ayudando a otras mujeres, que como ellas, compartieron el techo con sus agresores, y buscan salir del ciclo de la violencia.

La historia de Mildred es conocida en Estados Unidos pues su ex-esposo, John Muhammad, fue el ”francotirador de Washington” que asesinó al menos a 10 personas en el 2002. Fue ejecutado en 2009.

Años antes, John formó un hogar con Mildred del cual nacieron tres hijos. Por su vinculación al ejército, participó en la operación “Tormenta del Desierto” en 1991. A su regreso fue diagnosticado con trastorno de estrés postraumático. Este fue el comienzo de innumerables abusos contra Mildred: agresión verbal, acoso, persecución y violencia emocional y económica, los cuales vivió antes, durante y después de su divorcio, incluyendo el secuestro de sus tres hijos y la lucha por su custodia.

“No es necesario tener cicatrices físicas para ser una víctima; el 80% de las víctimas no tiene cicatrices”, manifiesta Mildred hoy, al expresar la dificultad que tuvo de afrontar su situación y buscar ayuda cuando la violencia que sufría era totalmente invisible para los demás. Luego de conocer la escasez de recursos de apoyo a las víctimas, Mildred creó la ONG After the Trauma (después del trauma) a través de la cual asesora a organizaciones y víctimas sobre la importancia de “fortalecer, curar, empoderar y tener relaciones saludables”.

América, por su parte, representa la realidad de miles de mujeres latinas que son víctimas de violencia de género por parte de sus parejas estando lejos de su país.

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América Guardado cuenta su experiencia con la violencia doméstica en el BID
Su caso estuvo marcado por una fuerte carga de violencia física que llegó a poner su vida en peligro, además de violencia emocional y económica. América expresa las dificultades que tuvo para buscar ayuda, la soledad y el aislamiento que vivió y la encrucijada de pensar en actuar cuando “se ama al enemigo”. “¿Cómo separar el amor del dolor?” expresa América.

También señala las dificultades de navegar por el sistema de policía y justicia cuando no se domina el idioma y no se cuenta con redes de apoyo. Finalmente América acudió a la ONG Clínica del Pueblo, que a través de su programa Entre Amigas, proporciona servicios de bienestar físico, emocional y social a mujeres latinas inmigrantes del área metropolitana de Washington D.C. Allí se certificó como promotora de salud, hoy hace parte de su junta directiva, trabaja en los grupos de apoyo y talleres educativos, y presta acogida a las mujeres que llegan por primera vez y acompañamiento a las cortes, policía, servicios médicos y sociales, entre otras instancias.

Hoy, América y Mildred son abanderadas de la lucha contra la violencia doméstica. Las dos comparten historias de sufrimiento, dolor y desesperanza, pero al mismo tiempo constituyen una prueba contundente de que es posible detener la violencia doméstica y el abuso. América enfatiza en la importancia de concientizar a las mujeres de que “la violencia doméstica no es algo normal, no se debe justificar y no hay que temer pues debe ser más importante el amor y respeto a sí mismo”. Mildred recomienda que al ser abordados por una víctima: “hay que creerle: no la envíe de vuelta con el abusador y pregúntele cómo puede ayudar… algunas personas piensan saber por lo que la víctima está pasando y tener la solución…escuche a la víctima y ayúdela a encontrar ayuda¨.

Las historias de maltrato y abuso de América y Mildred se repiten a diario en miles de hogares de América Latina y el Caribe. Según un reciente estudio de la Organización Panamericana de la Salud con información de 12 países de la región, entre el 17 por ciento y 53 por ciento de las mujeres son víctimas de violencia a lo largo de su vida. La violencia doméstica también ocurre en otras latitudes y no distingue raza, credo, educación, nacionalidad, ocupación ni nivel socioeconómico.

Reducir y prevenir la violencia doméstica es un tema prioritario para el BID en América Latina y el Caribe. En los últimos años, la región ha avanzado en prevenir la violencia domestica mediante programas juveniles de desarrollo de habilidades parentales y nuevas masculinidades.

También ha mejorado la prestación de servicios integrales de atención médica, psicológica, jurídica y policial — una práctica que significó dramáticas reducciones en tasas de feminicidios en República Dominicana y una nueva manera de actuar de la policía en Brasil. En la actualidad, también desarrolla programas de promoción del empoderamiento económico. Algunas lecciones y programas prometedores en prevención de la violencia contra las mujeres, reseñados por Roberto Obando, fueron presentados en el marco de la 6ta clínica de seguridad ciudadana. Se ha avanzado, pero los retos son enormes. La prevención y reducción de la violencia doméstica así como el mejoramiento de la atención a las víctimas, deben ser una prioridad para la región, sus gobiernos y sus ciudadanos: hombres y mujeres.

 

Norma Peña